Sobre el Efecto Perspectiva y la Común Unión

Cuando era una niña, sentada en mi habitación, disgustada por algo que no recuerdo, mi madre vino a mi lado y, acompañándome, me hizo prestar atención a las estrellas que se veían esa noche a través de la ventana. Comentó, como sin importancia, que, aunque parecieran unos puntitos minúsculos eran inmensas, más grandes que todo nuestro planeta, que las veíamos así porque estaban muy muy lejos. Pensamos juntas como se vería la Terra desde allí, quizás ni se apreciaría. Si no se veía siquiera el planeta entero, que pasaría con nosotras, pequeñas humanas. Y aún más, que pasaría con mi disgusto, que en aquel momento ocupaba todo el campo de mi existencia.

En un pequeño momento inmenso me sentí parte de algo más grande que mí misma, que trascendía mis límites y me hacía sentir a la vez minúscula e infinita.

Siempre me gustaron las paradojas, esas contradiciones que nos dan “error cerebral”, que no “pueden ser” desde la lógica, mas son, las sientes y experimentas.

El mundo de las emociones, que no se guía por el razonamiento lógico, está lleno de ellas. Cuántas veces no sentimos alegría en la nostalgia, o miedo ante algo ilusionante a la vez, por poner algún ejemplo.

Estos “contrasentidos”, estos impactos asombrosos, tan frecuentes en el arte, son a mi parecer puertas a algo más grande, que abraza esas realidades aparentemente opuestas.

Tendemos a ver nuestra realidade en términos duales, diferenciando dos extermos contrapuestos, que muchas veces tienden a luchas entre ellos. O “gana” uno o el otro. O soy valiente, o tengo miedo; o soy débil o soy fuerte; o estoy alegre o estoy triste… Nos reducimos en esta disyuntiva, y ni tan siquiera contemplamos que haya otra opción posible.

Nuestra mente intenta ordenar estos términos supostamente opuestos poniéndolos en conflicto. Aparece así esa “batalla interna” que tantas veces se representó como el demonio y el ángel discutiendo con todas sus argumentaciones y argucias encima de los hombros de un/a pobre aturdidx. Cuando no son un batallón de personajes internos los que montan un alboroto interior que aturde y aprieta todo nuestro ser.

Y yo me pregunto si no es necesario sentir el medo para ser valiente. Si non es en el reconocimiento y en el contacto con nuestra vulnerabilidad donde nace nuestra fuerza. Y ya no pregunto, sino afirmo, con la certeza de numerosas experiencias compartidas, que de la vivencia del dolor surge la belleza más inesperada, profunda e indescriptible.

No tendría sentido nombrar una realidad en oposición a otra inexistente, hacen falta los dos polos para conformar una unidad que está por encima de esos extremos. Que abraza a ambos en convivencia, sin que uno gane y el otro pierda, sin que uno sea mejor que el otro.

Si cambiamos de perspectiva y nos alejamos un pouco de esa batalla a la que tendemos – especialmente en la visión de la cultura occidental – podremos ver esas dos, o más, partes en conflicto – ya sean pensamientos, emociones, recuerdos o cualquier otro fenómeno mental – y darnos cuenta que es algo que está más allá lo que percibe esto.

Esta figura de testigo que observa y deja ser lo que es, sin apegarse o identificarse con alguno de los “bandos” encuentra con esta actitud un lugar donde no se experimenta el conflicto, encuentra un lugar de paz.

Y así llego a lo que me movió a escribir estas líneas, que me conectó con el recuerdo de mi infancia, y da nombre a este post: el Efecto Perspectiva.

También llamado efecto de visión de conjunto – “overview effect” – es un fenómeno descrito por primera vez por los astronautas tripulantes del Apolo 8 que en 1968 tuvieron la oportunidad de ver nuestro plantea desde fuera de la órbita terrestre.

El efecto perspectiva se define como un cambio cognitivo de la conciencia derivado de la percepción de la Tierra desde el espacio. Además de una emoción estética, esta visión global conlleva una comprensión profunda de la interconexión de todos los seres vivos y un renovado sentido de responsabilidad hacia el cuidado del planeta.

En este corto documental [Overview] podéis escuchar en primeira persona a diferentes astronautas que lo vivieron y como en la búsqueda del significado de esa experiencia vital encontraron una única referencia en el Savikalpa Samadhi de la filosofía hindú del Vedanta Advaita, que profundiza en la No-dualidad.

Tomar perspectiva, comenzando en relación a nuestro interior y continuando por observarnos como especie dentro de este planeta, me parece la invitación más acuciante que nos dejan estos días de pandemia mundial.

Recordar que somos parte de algo más grande, darnos cuenta de la unión común y experimentar esa comunión.

Abrir la puerta que nos hace identificarnos con “ese pensamiento” y atravesarla llegando a ese espacio donde son quien lo piensa – ese pensamiento y otros muchos –. Abrir la puerta que nos mantiene encerradxs en el conflicto con una persona cercana y pasar a ese espacio donde somos diferentes mas ambos humanos y por lo tanto comunes. Atravesar los límites que vamos creando para apartarnos unxs de los otrxs, para ver la diferencia, ya que la realidad es que todxs convivimos en la misma casa y es la única que tenemos.

Quizás sea el momento de volver la vista de nuevo hacia ese pequeño punto azul pálido y que las palabras de Carl Sagan sirvan como cierre:

«En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido».

El duelo, que duele

El momento que estamos viviendo supone la pérdida de muchas realidades que estaban presentes en nuestro día a día previo. Pérdida de la libertad de nuestros movimentos, de la salud en caso de lxs afectadxs por el virus, de seres queridos que fallecen en estos momentos, de la seguridad del sustento que dan las condiciones laborales, de la presencia de los afectos a través del contacto físico, de la manera de relacionarnos tal y como lo hacíamos, de las expectativas que teníamos para el futuro…

Toda pérdida, sea física o simbólica, supone un proceso de duelo. Y el duelo, duele. El cambio implica una serie de emociones que requieren de un tiempo y un acompañamiento en ellas. El duelo es un proceso natural, imprescindible, adaptativo e individual.

Hay una frase que me acompaña en estos tiempos: “Colaboremos con lo inevitable”, en este sentido comparto información que quizás ayude a darle un lugar a aquello que estamos viviendo.

Los duelos son procesos de cambio, a veces suponen rupturas – con un trabajo, con una persona… –, otras son transformaciones – por ejemplo en la vida vamos dejando etapas atrás: infancia, adolescencia… –. Sean simbólicos o físicos todos requieren de una elaboración, de un tránsito entre lo conocido, con la seguridad que implica el saber cómo,  y lo desconocido, que supone la incertidumbre de no saber aún. Afrontar una realidad no conocida nos deja por un momento en el  vacío algo difícil de sostener mas esencial para que surja lo nuevo.

En la “digestión” de esta nueva realidad se observan varias fases – definidas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross – que no tienen una lógica lineal ni una temporalidad estándar, mas son etapas del camino para unha asimilación completa.

Es importante saber que todas estas maneras de afrontar lo que nos está pasando son adecuadas. Cuando algo duele mucho, si dejamos entrar todo el dolor junto no podríamos sostenerlo, por ser una carga demasiado abrumadora. Cada uno de estos pasos es natural y la mejor manera que tiene nuestro organismo de procesar y “digerir” aquello que es difícil de “tragar”. Acelerar el proceso o evitar alguna de las reacciones naturales no ayudará a la persoa a hacer una elaboración y asimilación. Toda colaboración irá en el sentido de acompañar a la persoa en lo que está sintiendo, haciéndole saber que no está sola, y respetando su manera de vivirlo ya que nadie más que ella está vivenciando la experiencia real de cambio.

Así suele haber un momento de negación, en el que nos aferramos a la irrealidad del cambio, “no puede ser”, miramos para otro lado, evitamos contactar con aquello que tenemos delante.

La rabia es una emoción presente también en este proceso, la frustración, la injusticia, el enfado, la culpa, el “por qué a mi”, “no me lo merezco”… toda la energía a la que non le dimos salida en un primer momento de negación, sale abruptamente a través de estas expresiones.

La negociación aparece en forma de pensamientos como “si hubiera hecho esto ahora sería diferente”, un último intento de volver a la realidad previa, de escapar del presente que nos contacta con la pérdida que comienza a verse como obvia.

Una vez que podemos estar en contacto con la realidad de la pérdida viene la fase de depresión, la tristeza natural porque lo que/a quien queríamos con nosotros ya no está. Después de tanto tiempo de lucha llega el “no sé qué hacer”, hay una pérdida de sentido en contacto con el vacío y puede aparecer el medo al olvido, a «rompernos» y no saber continuar, mas finalmente la energía baja y aparece un cansancio que hace frenar el ritmo: podemos contactar con la vulnerabilidade. La tristeza es una emoción que nos recoge, frena los esforzos de lucha para permitir una reevaluación de lo que hay ahora en el presente.

Por último tras atravesar el dolor previo, comenzará a aparecer una sensación de paz en este nuevo presente: la aceptación. No es una etapa con una energía alta, como supone la felicidad o alegría, sino a la que se llega cansadx y tiene más que ver con una serenidad esperanzada, donde se comienza a saber y contactar con las posibilidades presentes.

La circunstancia actual dificulta la presencia y acompañamento físico durante todo este proceso, que tiene una duración variable en función de la persona y de la magnitud de la pérdida – del vínculo emocional subjetivo que nos una a quien/a lo que perdemos –.

Cuando hablamos de la pérdida de un ser querido nos vemos a día de hoy privadxs de las reuniones rituales que permiten a la comunidad a la que pertenecemos acompañarnos en este tránsito, en esta despedida. Independientemente de que exista o non una creencia religiosa, como seres humanos somos buscadores de sentido. En este sentido, las ceremonias – compartidas o individuales –, entendidas como cualquier acto simbólico hecho de forma consciente, son procesos que nos ayudan a la elaboración de este tránsito. Los recursos espirituales o sentimentales como revisar fotografías, compartir recuerdos, meditar… son de ayuda en estos momentos para poder despedirnos de aquello/ de quien ahora no está presente.

Sabiendo que se trata de un proceso emocional, por lo que non es cuestión de entenderlo, sino de sentirlo, quizás conocer cómo funciona nos ayude a “darnos permiso” para sentir aquello que ya estamos vivenciando, a dejar de luchas con nuestras emociones y abrirles paso.

El miedo en los tiempos del Coronavirus

 

Estamos viviendo una situación límite, es decir, aquella que pone en evidencia nuestro carácter finito. Sabemos que no somos infinitxs, pero aquí estamos frente a frente con esta realidad, que inevitablemente nos lleva a pensar en la muerte. Y aparece el miedo.

Lo siento mientras escribo, son palabras mayores estas que plasmo aquí. Se me aprieta el cuerpo, se tensa, mi respiración cambia y se me pone un nudo a la altura del esternón. Pongo atención en mi respiración, muevo mi incomodidad y me sostengo en ella.

 

Ya nos toque de cerca o de lejos, la muerte está presente para todxs y de su mano va lo más valioso que tenemos: la vida. Nuestra experiencia, si nos dejamos sentirla plenamente y somos honestxs con nosotrxs mismxs, contiene paradojas. No hay un polo sin el otro, no habría vida de no existir la muerte. Es complejo, no nos gusta pensarlo, mas no deja de ser así. De todos modos, es pertinente recordar que la muerte ya estaba presente, obviamente, «sólo» que ahora se nos reveló delante de nosotrxs. Lo que realmente, en la mayoría de los casos, es diferente aquí y ahora en nuestras experiencias concretas es el confinamiento.

No se trata de dramatizar, si de mirar lo que tenemos delante. Muchas veces es el miedo al miedo lo que nos causa sufrimiento. Poder observar las emociones que nos trae esta toma de conciencia, a poquitos, sin evitarlas y acogiéndolas cuando vienen será lo que nos posibilite la resiliencia, el aprendizaje durante esta etapa. Quizás entender algo mejor al miedo, ese gran desconocido/evitado nos ayude un poco. Comparto desde ahí lo que conozco y experimento sobre el contacto con él.

El miedo es generalmente tildado de “emoción negativa” pero trae una información vital. No es un enemigo de por sí, depende de su intensidad. El hecho de denominarlo de este modo puede llevarnos a evitar reconocerlo, cuando es uno de nuestros recursos para enfrentarnos a nuestro entorno y, según en qué momento, puede resultar altamente adaptativo a la hora de protegernos de una situación potencialmente dañina. Antes de describir el mensaje adaptativo que nos trae el miedo, puede resultar útil conocer la diferencia entre las emociones “duras” y “blandas” (*Extraído del curso: “A xestión das emocións”, material creado junto a la psicoterapeuta Paula Pintos)

Las emociones DURAS” son aquellas como el enfado, la ira o la frustración. A menudo las emociones duras son las que más fácilmente expresan los niños/as en forma de acción (rabietas…) y los adultos en tensión física (apretar la mandíbula, tensión en la espalda, apretar los puños…).

La cuestión es que detrás de las denominadas “emociones duras” subyacen normalmente las conocidas como “BLANDAS”: miedo, tristeza, soledad, vergüenza, humillación… Es mucho más habitual que niñxs y adultxs expresen su malestar a través de una emoción dura, porque ser conscientes de las blandas y verbalizarlas requiere de autoconocimiento, un contexto de seguridad, y capacidad de expresión emocional. Por otro lado, el problema es que las emociones duras normalmente generarán conflicto con el exterior, salvo que detectemos la carga emocional blanda subyacente.

Las emociones duras nos hacen salirnos de las blandas, porque las blandas normalmente son más difíciles de sostener (miedo, tristeza, vergüenza, humillación…) nos ponen en una situación de mayor vulnerabilidad. El hecho de pasar de una emoción blanda a una dura, es algo así como defenderse de un sentimiento que me hace sentir débil o vulnerable (miedo), a otro que me hace sentir más fuerte (enfado).

Es fundamental conocer que responder a la emoción dura no va a dar salida a la necesidad real que hay debajo, y que está en la emoción blanda. Para que haya un sosiego, una satisfacción de la necesidad, es necesario “tocar” con la emoción blanda.

Independientemente de la categorización de la emoción que observemos en nosotrxs mismxs o en otra persona, lo importante es darle acogimiento, ya que estaremos expresando lo que podemos en el momento. Rechazar la emoción será como rechazar a la persona misma/a nosotrxs mismxs. Una vez transitada la emoción, dándole salida a esa energía a través del cuerpo – por ejemplo: si me doy cuenta de que tengo la mandíbula o los puños apretados, cojo esa fuerza y la pongo en un cojín apretándolo, golpeándolo, gritando en él – podremos aclarar que hay debajo de lo que acaba/mos de experimentar.

Y así, atravesando la emoción «dura» que muchas veces está en primer lugar llegamos a la emoción que nos conecta con la vulnerabilidad. En este caso nos centraremos en el miedo.

Fotograma de la película «Bestias del sur salvaje»

El MIEDO indica nuestra necesidad de protegernos ante una situación amenazante. Su presencia nos lleva habitualmente a huír de estímulos que pueden ser dolorosos o dañinos, también puede llevarnos al enfrentamiento o agresión, y a la pasividad o paralización. Su polaridad estaría en la confianza, que sería indicador de la presencia de seguridad. El miedo indica nuestros aspectos vulnerables y nos mobiliza para capacitarnos ante situaciones para las que no estamos preparados, proyectando nuestro pensamiento hacia un futuro.

Más allá del miedo como emoción primaria, también existe el miedo mental – miedo secundario –, creado por nosotrxs mismxs en ausencia de estímulo amenazante real. Este está basado en nuestra biografía y su función es la de evitar algún dolor oculto. Este miedo secundario surge de una evaluación errónea entre la magnitud de la ameaza y la disponibilidad de recursos.

Como con las emociones “duras”, las emociones “blandas” lo que quieren es ser reconocidas, acompañadas y atendidas. Observarlo, reconocerlo y nombrarlo – en alto –: “tengo miedo” es ya un gran paso. Si quizás me siento como si estuviese “congeladx” es importante poner especial atención en expresarse, movernos – hacerlo físicamente ayuda, dar un paseo por la casa o bailar con esa canción que me viene a la mente –. Podremos así coger de la mano a ese miedo y de esa manera acercarnos a la valentía que supone ver que nos podemos sostener en nuestras propias emociones. Sin miedo no hay valientes. Os animo a coger a vuestras emociones de la mano, conocerlas, tener experiencia directa con ellas cuando están presentes y ver que generalmente son más abordables que la idea que nos hacemos de ellas.

Para un abordaje más profundo, no dudéis en acudir a los servicios profesionales que se ofertan. La salud supone un bienestar físico y psicológico, con todo lo que implica. Es importante cuidarnos ahora para prevenir posibles dificultades posteriores. Desde Alento ofrezco mis servicios para acompañaros en estos momentos.

 

Sosteniéndonos emocionalmente durante el confinamiento

En la entrada anterior hablaba sobre la estructura necesaria para mantenernos “en pié” en este retiro obligado al que nos invita esta nueva situación. Están siendo días que nos enfrentan a la realidad de que no controlamos tanto como pensábamos. La situación manda y de nuestra relación con ella dependerá nuestra estabilidad emocional y física.

Retomando la metáfora del post anterior, es un buen momento para revisar y ajustar la estructura que habíamos establecido inicialmente, ya que lo fundamental de una estructura es que sea flexible y adaptable. Así, es importante observar cuales de las rutinas/rituales que establecimos están siendo viables y descartar aquellas para las que non encontré tiempo, o ben se me están haciendo muy cuesta arriba. Se trata de que ayude, no de que exija: no pasa nada por no producir, más que hacer sin más quizás la situación nos está invitando a observar cómo hacemos lo que hacemos.

La atención es un ingrediente fundamental para poner conciencia. Es algo que nos viene de serie, no tenemos que aprender a atender, lo hacemos de manera natural. Siempre tenemos la atención en algún punto, bien en la zona interna – las sensaciones que se dan de piel para dentro –; bien en la zona externa – la información de afuera que nos llega a través de los sentidos –; o bien en la zona intermedia – todos los fenómenos mentales, pensamientos, recuerdos, fantasías, catástrofes… –.

Una práctica posible es que, a lo largo del día, cuando nos acordemos, paremos a darnos cuenta de en qué lugar tengo mi atención: me pica aquí, tengo hambre, tengo la espalda tensa, escucho los pájaros, a los vecinos, qué bien huele esa comida!, cómo estarán mis padres? qué pasará con el trabajo?…

Por un instante acompaño a mi atención en su paseo de un sitio a otro y me doy cuenta a la vez de que algo se mantiene: mi respiración, la sensación del aire que entra y sale, sentida en el abdomen, en las fosas nasales, en el pecho… – cualquier lugar de tu cuerpo puede servir como lugar de referencia, donde mejor y más clara la sientas, estará bien –. A esta sensación vuelvo una y otra vez con mi atención como si fuese un ancla que me da una toma de tierra mientras voy observando, como un testigo, a mi atención.

Es posible que las emociones ocupen estos días mucha parte de nuestra atención. Con las emociones pasa algo habitualmente que es que vienen mezcladas unas con otras y a veces la etiqueta con la que referirnos a ellas no es clara. Puedo saber que me pasa algo, pero no sé qué es.

Ante esta indefinición es posible que tendamos a ponerlas en segundo plano, pensar que no es para tanto, que ya pasará, o que no nos apeteza pararnos con ellas.

Así estamos obviando la valiosa información que nos vienen a dar, ya que las emociones están ahí para indicarnos algo sobre nuestra adaptación al ambiente: bien que es importante que nos protejamos – miedo –; que nos sentimos invadidos y es importante poner un límite – enfado –; que necesitamos parar y digerir la pérdida de algo o alguien – tristeza –; que el ambiente en el que estamos nos “recarga las pilas”– alegría –; o que esa relación nos nutre – afectos –.

Ante el sentimiento de vulnerabilidad física o emocional, es importante no huir de él, no esforzarse en controlar la emoción o evitarla sino seguir actuando con ella. Quizás pueda servirte imaginar que, como adultx que eres, “coges de la mano” a esa vulnerabilidad, miedo, angustia, ansiedad, nervios… como si fuese un niño o una niña pequeña. Puedes parar un momento a localizar el lugar donde sientes mejor la respiración y echar allí el ancla de la que hablábamos antes – recuerda, cualquier lugar donde la sientas servirá – y, contemplando la existencia de eso que “no sé bien qué es”, camináis juntxs, firme y centrando tu atención en la respiración, sin dejarte arrastrar por los envites de la emoción que tan sólo busca que la atiendas. Poner las manos en pecho y abdomen puede ayudarte a sentir mejor tu respiración.

Recuerda que el hecho de que no sepas qué te pasa, que no encuentres la etiqueta, o no entiendas por qué estás así, no supone que no esté ocurriendo algo en tu interior. Las emociones no le hablan a tu intelecto, se manifiestan en tu cuerpo y éste tiene una inmensa sabiduría.

No está de más recordar la etimología de la palabra emoción, proviene de e-movere: moverse hacia fuera. Las emociones tienen una dirección y pondrán toda su energía en pasar, en atravesar y salir; vienen con la intención de darte información, son aliadas.

Por ello, si sientes cualquier emoción, atiéndela, está pasando, es/está presente y es ahora el momento. En la medida de posible atiéndete, respira y dale un tiempo a que te atraviese, porque esto también pasará.

Estructurándonos para un confinamiento a medio/largo plazo

Estos días estamos vivendo unos momentos inciertos, inesperados y casi propios de la ciencia ficción. Lo desconocido asusta, y cuando las formas habituales ya no sirven nos encontramos “en el aire”, sin tener dónde agarrarnos para sentirnos firmes y segurxs.

Después del período inicial donde cada persona aportó a través de las redes sociales innumerables recursos y sugerencias para realizar durante este confinamiento, llega el momento de recopilar, seleccionar y ordenar. La planificación es importante para poder sostener esta circunstancia especial el tiempo que sea necesario y después de que pase el efecto de novedad.

La estructura es algo que nos sostiene, igual que la columna vertebral en nuestro cuerpo, la rutina y los hábitos saludables funcionan como aquello firme, constante y seguro donde nos podemos apoyar para mantenernos estables.

Nuestro sustento básico, que en este sistema capitalista reposa en la capacidad de ingresar dinero para atender nuestras necesidades fundamentales, es otro pilar básico en el que nos apoyamos.

En estos momentos muchxs de nosotrxs estamos a la espera de saber como atenderá el Estado atenderá a las situaciones particulares de cada un/a, que se ven alteradas por el estado de alarma decretado a raíz de la pandemia del coronavirus. Recurrir a las informaciones oficiales y contrastar las dudas con los profesionales del campo – gestorías, asesorías – puede ayudarnos a hacernos una idea real de la situación en la que cada un/a se encuentra.

Más allá de lo que no está en nuestras manos, tenemos por delante una oportunidad para crear nuestra propia estructura donde sosternernos, respetando nuestro propio ritmo y las prioridades que nosotrxs mismxs establecemos.

En este sentido os propongo que os sentéis y establezcáis una rutina diaria por escrito, con horarios que distribuyan en día, teniendo en cuenta:

· Respetar el horario de ir a la cama y levantarte

· Llevar a cabo los hábitos diarios: ducharte, vestirte – es tentador permanecer en pijama, pero, aunque sea con una ropa cómoda, es importante que te cambies en función de la tarea a realizar –.

· Atender tu alimentación

· Manterte ocupadx: si trabajas y puedes seguir haciéndolo, ocúpate de ello; sino busca una actividad diaria que se repita – yo me puse como propósito escribir algo todos los días –; si tienes personas dependientes mayores o pequeñas en casa organizad entre todxs la rutina, ocupación no faltará; si tienes algún hobbie establece pequeños propósitos: una receta nueva, hacer ganchillo, aprender a tocar la guitarra, leer aquel libro que te regalaron…

· Contemplar diferentes espacios para la realización de las actividades: por ejemplo, trabajo en el despacho, ocio en el salón, comida en la cocina… Si no es posible para ti cambiar de lugar por limitaciones de espacio, puedes acotar los tiempos recogiendo el material de trabajo de la mesa para prepararla para comer, por ejemplo.

· Mantenerte activx: lo más limitante de este confinamiento es la imposibilidad de salir y movernos en el exterior. Movernos es fundamental para nuestro cuerpo y mente. No se trata de que te conviertas en un/a deportista si no estabas acostumbradx, si es tu caso, adelante, no lo dejes y busca nuevas maneras de realizar tu actividad física. Pero sino, contempla otras maneras de moverte: bailando, subiendo y bajando escaleras, dando paseos por casa…

· Contemplar siempre un momento para hacer lo que te gusta: es una oportunidad única para hacer todas esas cosas que “si tuviera tiempo…”, haz una lista de aquello que no te cuesta esfuerzo y aprovecha! Es fundamental disfrutar los buenos momentos, especialmente cuando pasamos por dificultades.

· Compartir nuestros sentimientos y estado de ánimo con las persoas queridas es importante y fundamental, no un extra: contacta telefónica o telemáticamente con amigxs y familiares; antes que imaginar como estarán, pregunta; comparte como estás tú. Es normal, y sano, sentir incertidume, miedo y aburrimento, encuentra tu canal para expresarlo y comunicarlo, verbalmente o a través de la creatividad – dibuja, toca un instrumento, canta, baila, escribe…– todo aquello que ayude a poner fuera de nosotros lo que está pasando por dentro es una buena herramienta para irnos liberando de la ansiedad generada por este confinamiento forzoso.

Lembra que es tu propia estructura la que te va a sostener mejor, por ello coge las sugerencias que te encajen y dales tu forma particular, nadie mejor que tú conoce lo que te sienta bien.

Una vez que la tengas comprométete con ella, contigo, y convierte la rutina en ritual, es decir, realiza los miesmos actos añadiéndole la atención y conciencia que requiera aquello que estés haciendo. Son momentos de tomar conciencia de nuestros recursos y ponerlos en práctica poquito a poco para poder sostenernos en el tiempo, como individuos y como sociedad, todxs somos unx en este momento.

Ánimo!

¿Cuándo acudir a terapia?

Hay momentos en la vida en los que no encontramos respuestas, incluso nos faltan las palabras para nombrar qué es lo que nos ocurre.

En otras ocasiones, las circunstancias nos sitúan en momentos difíciles: una muerte, la pérdida de un trabajo, una separación, un trastorno, un cambio vital… Ante todo esto, nuestro cuerpo y mente no da señales, síntomas, de que algo ocurre y que no podemos/queremos seguir así.

Cuando en nuestra vida aparece alguna de estas cuestiones: ansiedad, problemas para dormir, falta de vitalidad, ideas repetitivas, emocionalidad desbordada, el “no me aguanto” a mí mism@, la dificultad para tomar decisiones… – entre otras – de modo que no nos permiten desarrollarnos de forma satisfactoria, es el momento de pensar en pedir ayuda psicológica.

Igual que cuando nos rompemos una pierna acudimos al médico para que nos ayude a pasar ese trance, el sufrimiento psicológico puede ser acompañado por profesionales que procuran un camino hacia el autoapoyo.

Este es el camino que puedes comezar en Alento, un espacio personal, confidencial y de exploración. Un lugar de cuidado donde pararse, respirar y contactar con lo que, aquí y agora, está presente y frena el acceso a tu parte sana. Cada sesión es una oportunidad para darte cuenta de aquello que te nutre, asumiendo la capacidade de respuesta ante tu propia vida.